En su pabellón, todo tapices y trofeos, el soberano estudiaba en cartas geográficas los planes de futuras batallas. Las mesas estaban atestadas de mapas desplegados y el emperador clavaba en ellos alfileres, cogiéndolos de un cerrito que uno de los mariscales le tendía. Los mapas estaban ya tan cargados de alfileres que no entendía nada, y para leer algo había que quitar los alfileres y luego volverlos a poner. Con tanto quita y pon, para tener las manos libres, lo mismo el emperador que los mariscales tenían los alfileres entre los labios y sólo podían hablar con gruñidos.
El Vizconde Demediado de Ítalo Calvino.
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